Los españoles ¿somos europeos?

 

La pregunta es, sin duda, retórica pero sólo en el terreno geográfico. En muchos otros, buena parte de los ciudadanos siguen viendo a Europa como una entidad distinta y distante.

Valenciaplaza 5/11/2017  

La Real Academia Española de la Lengua define lapsus como “falta o equivocación cometida por descuido”. No es necesario ser experto en psicología para intuir que, detrás de una definición tan benévola, hay muchas otras facetas relevantes para entender las convicciones individuales o colectivas. La reiteración del uso, tanto en la conversación como en la escritura, de la expresión España y Europa, unidas por una conjunción copulativa, es una de ellas.

Más de tres décadas después de la plena integración de España en lo que hoy es la UE no es infrecuente seguir escuchando, o leyendo, la expresión “cuando España entró en Europa” para referirse a ella. Como no lo es encontrase con exportar a Europa en lugar de exportar al resto de Europa o, en general, referirse a Europa y España presentando a ambas como elementos homogéneos pero diferentes. Un lapsus, si es que es un lapsus, imposible de encontrar en Francia, Alemania u otros países del continente (no así en Reino Unido) donde se usa la preposición en.

Sobran ejemplos para mostrar la debilidad en España del sentimiento de formar parte de los destinos europeos, por más que geográficamente la pertenencia sea incontrovertible. Pero resulta ilustrativo que incluso la boutade atribuida, al parecer por error, a Alejandro Dumas de que “Europa empieza en los Pirineos”, ha sido justificada por algunos historiadores argumentando una supuesta especificidad cultural del ámbito peninsular, no asimilable a las presentes en los países más avanzados del continente.

Dentro de este contexto, no es casualidad que España sea el país miembro de la UE que ha pagado un mayor importe en multas por el incumplimiento de la normativa común. Además, a comienzos de 2017  20 Directivas, de obligado cumplimiento para los Estados miembros, seguían pendientes de traslado a la legislación española. Son pruebas, entre muchas más, de que la pertenencia al proyecto europeo sigue siendo igualmente considerada a modo de ley del embudo: ancha para recibir ayudas, fondos estructurales por ejemplo, y estrecha para aplicar -¡y más todavía hacer cumplir!- las normas que rigen en sus miembros más avanzados.

La tasa turística como paradigma

Siendo grave, lo peor es que no es solo cuestión de laxitud normativa. En la Comunidad Valenciana la reciente ofensiva contra la tasa turística es una muestra descollante de ello. Los términos de la controversia son en sí mismos una constatación. Se trata de demostrar quién manda aquí. Algo perenne porque Perpiña Grau ya comentaba hace muchos años, que su mayor sorpresa al llegar a València de la mano de Ignacio Villalonga –hace de eso casi un siglo- era haberse encontrado con pocos empresarios y muchos amos de empresas; esos siempre dispuestos a dejar claro quién establece qué y qué no se puede hacer.

El éxito de la ofensiva contra la tasa es un excelente ejemplo de tantos como hay en España en donde argumentos y razones son irrelevantes. Se trata de una cuestión de poder. No cabe explicar de otra manera las veinte razones del manifiesto impulsado por HOSBEC para oponerse a ella. Se habla en él de fiscalidad asfixiante ¡en un sector que frente a la cultura o tantos otros productos de primera necesidad soporta un IVA del 10%! y lo que es más relevante para estas líneas, de que la realidad valenciana, aunque sea la turística, no tiene nada que ver con la mayoritaria en Europa (razón nº5). Una argumentación aceptada por el PSPV de Ximo Puig y el Compromís de Mónica Oltra con el peregrino argumento tantas veces explicitado por Francesc Colomer de que la tasa no se establecerá “sin el acuerdo del sector” asimilado, de manera sorprendente en un gobernante progresista, a sus patronales.

Porque cuando los patronos, no todos apuntaba Javier Alfonso en un reciente artículo pero sí los únicos visibles, defienden, con completo éxito, esa singularidad justifican la diferencia valenciana no solo respecto a los países europeos a los que siempre España ha mirado como ejemplo (excepto Reino Unido u otros países del norte del continente que soportan en sus hoteles un IVA muy superior), sino también a naciones de nivel de renta y demanda turística mucho menor (Bulgaria Croacia, Eslovaquia, Eslovenia, Hungría, Lituania o Rumanía).

Aunque de nada sirva, el cuadro siguiente lo demuestra. La tasa turística está vigente en la inmensa mayoría del mundo occidental y en todas sus potencias turísticas (menos en la mayor parte de España). Ante ello, ¿acaso se pretende que nos creamos que suplementos por noche y persona de la entidad de los recogidos en el cuadro podrían hundir la coyuntura turística y la rentabilidad de los hoteles de la Comunidad Valenciana? Por supuesto que no. Se trata, como se ha indicado, de hacer una nueva demostración de quién manda aquí.

Pero aun sabiendo que las razones no sirven de nada, sí cabe al menos dejar constancia de la incompatibilidad existente entre pretender arrogarse el papel de ser el petróleo de la economía valenciana y aferrarse, al mismo tiempo, a la imposibilidad de asumir una elevación del precio modulable hasta unos pocos céntimos (que, por otro lado, paga el cliente). En ninguno de los casos conocidos, además, y en contra de tanto presagio catastrofista, su implantación ha supuesto una caída de la demanda. Los habitantes de Baleares y Cataluña, con una masificación turística que los actuales gestores públicos de la Comunidad Valenciana pretenden emular, lo saben bien.

Europa, los españoles y los valencianos

Los ejemplos posibles podrían ampliarse y todos ellos remiten a la debilidad de la percepción del sentimiento de ser europeos por parte de españoles o valencianos. Lo vienen demostrando los Eurobarómetros desde hace ya muchos años. En el publicado el pasado agosto, la confianza de los españoles en la UE se sitúa en el grupo de los países de cola junto a Italia, Chipre, Reino Unido, R. Checa y Grecia. Un resultado coincidente al del Global Attiudes Survey para 2017 mencionado en una colaboración anterior.

No es diferente la situación entre los valencianos. La encuesta sobre sus valores del pasado junio arroja, también en este terreno, resultados que merecerían reflexión –e iniciativas- por parte del Consell del Botànic y el uso de “notas medias” en la escala de 0 a 10, no puede oscurecerlos. Sin duda merece reflexión el bajo porcentaje de quienes manifiestan un nivel de identificación con Europa elevado (suma de niveles 9 y 10, pregunta 22.5): el 44, 6%, con poco más de un tercio en el nivel 10.

Pero también la merece su relación inversa con la edad. Es una paradoja singular: los nacidos tras la incorporación de España a la hoy UE son, como muestran el gráfico, quienes confiesan menor sentimiento de identificación con el continente común. Es otro resultado alarmante, uno más, cuando en la economía global los problemas de los valencianos –como los de los españoles- no tienen solución fuera de una institución supranacional, como es el proyecto europeo. Y un rasgo que seguirá aumentando si no se modifica la pasividad pedagógica de la Generalidad.

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Cataluña no lo es todo

Cataluña no lo es todo

Jordi Palafox

La crisis en Cataluña no detiene el avance de la globalización ni la transformación del comercio mundial. Cada día es más urgente otra mirada sobre qué significan las exportaciones.

22/10/2017 – http://valenciaplaza.com/cataluna-no-lo-es-todo

La percepción general sobre el comercio exterior sigue dominada por la simplificación resultante de seguir pensando en términos del pasado. En ella, las exportaciones son el exponente de la posición competitiva del país; la demanda de sus bienes por el resto del mundo. Las importaciones, por el contrario, se perciben como lo que el país se ve obligado a comprar en el exterior al carecer de producción doméstica, (petróleo en el caso de España), o no ser capaz de tenerla con la misma calidad y precio (bienes de alta intensidad tecnológica también en el caso español). Ello, sin embargo, es inexacto e insuficiente. La nueva arquitectura de la economía global ha modificado la evaluación de lo que suponen unas y otras.

La información del ministerio que dirige Luís de Guindos como muestra la reciente notasobre la evolución del comercio exterior, ignora estas modificaciones. Sin duda, la trayectoria exportadora desde el inicio de la recuperación -no así la valenciana- es una de las escasas variables que admite una lectura positiva aun con el interrogante de si su expansión es más consecuencia de la reducción de costes para las empresas exportadoras que de mejoras en su eficiencia. Ni la reducción de los salarios ni de la fiscalidad, con la recaudación del impuesto de sociedades casi en la mitad de su importe de 2007, parece independientes de ella.

Como viene siendo la norma, la información ministerial centra toda la atención en las exportaciones; ninguna se le concede a las importaciones, con un crecimiento bastante superior. Y menos todavía, hay en ella indicación alguna de que se esté avanzando en nuevas estadísticas para evaluar con rigor el papel del comercio exterior en la recuperación.

Comercio exterior: enormes cambios en los últimos decenios

La transformación del comercio internacional con el avance de la globalización complica la veracidad de estas estadísticas y dificulta su análisis. Un ejemplo obvio es cómo valorar el intercambio transfronterizo de bienes electrónicos cuya progresión está siendo espectacular. Los problemas son de tal calibre que desde hace años los organismos internacionales intentan solucionarlos en reuniones algunas de título tan significativo como Comercio global ¿tenemos las cifras adecuadas?

Los nuevos bienes de consumo son los más ilustrativos para mostrar esta complejidad. ¿Cómo determinar el valor exportado o importado de los archivos electrónicos, sea música de Spotify, películas de plataformas diversas, de Google Play a iTunes, o ebooks de Amazon, todos ellos sin soporte físico? ¿Qué país realiza su exportación? ¿El que tiene localizado el servidor donde se encuentran los archivos, en dónde se radica la cuenta corriente en la que se paga o el que tiene la sede legal la sociedad proveedora que, a su vez y gracias a la permisividad con la ingeniería fiscal, puede ser diferente de dónde ésta tributa? Problemas nuevos, inexistentes cuando discos, películas y libros tenían un soporte físico fuera vinilo, plástico magnetizado o papel. Pero no debe perderse de vista que ello afecta también a buena parte de los bienes que intercambian las empresas.

Además la globalización ha amplificado dificultades ya existentes. Entre ellas sobresalen dos. De un lado, la nula información sobre el valor añadido doméstico -del país- incorporado en las exportaciones. Un aspecto relevante para determinar cuánto aporta realmente esa economía. De otra, la veracidad del valor en los registros oficiales.

En relación con el primero, debe tenerse en cuenta que el importe consignado de lo exportado no tiene en cuenta el valor de los componentes previamente importados para su fabricación, por más que pueda representar una parte muy importante del total.

El ejemplo es la aportación de la economía china a los productos Apple. Los iPad o iPhone están ideados y diseñados en California. Pero están fabricados con componentes procedentes de un amplio grupo de países diseminados por el planeta y son ensamblados en República Popular China. En las exportaciones de este país, figuran por su valor total, no por lo aportado por esa economía, que en términos de valor añadido es poco relevante. Si en lugar de contabilizar las exportaciones chinas del iPhone a Estados Unidos por su valor declarado, se detrae del mismo el de los componentes importados, en la estimación de Yuqing para 2012 la cifra pasaba de 2.000 millones de dólares a 75. Lo cual no es contradictorio con que la mayor parte del empleo generado por la fabricación de estos productos esté en aquel país: más de un millón frente a 150.000 en Estados Unidos.

En relación con la veracidad del valor declarado debe destacarse que una práctica habitual de las  multinacionales, principales actoras del comercio mundial con el 60% del total, es utilizar precios de transferencia en las transacciones internas entre filiales. Éstos son un mecanismo contable, cuya importancia fue subrayada por la OCDE hace ya años, para aflorar los beneficios allí donde los impuestos sean menores. Pero estos precios son los trasladados a la estadística. Su reflejo fiel de la realidad está pues, al menos, comprometida.

España dentro del nuevo comercio global

Estos problemas afectan, al menos, a la mitad del comercio mundial de mercancías. Es ilusorio pensar que España esté al margen de ellos. ¿Qué parte del valor de sus exportaciones es simple resultado de productos previamente importados para su ensamblaje y posterior venta al exterior? Hoy es imposible saberlo. Dentro de un contexto dominado por un bajo número de empresas exportadoras, las ventas al exterior ofrecen, sin duda, aspectos positivos: su cuota dentro del comercio mundial ha aumentado. Pero igual que no sabemos el impacto de la reducción de costes (laborales o fiscales), tampoco conocemos si ello es más por un aumento de su mero papel de ensamblador de productos previamente importados que por la mayor apropiación del valor añadido contenido en las mismas.  

El cálculo de la OCDE para 2011 suministra información de gran interés pero tiene un inconveniente: es demasiado antiguo dada la velocidad de las transformaciones. Aun así, un ejemplo a partir del mismo permite mostrar la relevancia de este tipo de estimaciones. Los dos principales sectores exportadores en España son automóvil y Alimentación y bebidas, pero como refleja el cuadro siguiente, el valor añadido doméstico de cada uno es muy diferente. Si se multiplica éste (100-el % del VA extranjero del cuadro) por la cifra exportada en aquel año, lo aportado por el sector alimentario es un 25% superior al del automóvil, exponente habitual de la Marca España. Una diferencia poco subrayada, y con posibles implicaciones sobre la política económica. Lo anterior, es solo uno de los muchos ángulos de la nueva mirada que exige el comercio exterior. Tanto el de España como el de la Comunidad Valenciana en donde la ausencia de información es todavía más destacada.

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El centralismo de València

Sufriendo los valencianos el centralismo de Madrid, sorprende la reproducción por València de rasgos similares con el resto de la Comunidad Valenciana

Valenciaplaza.com 24/09/2017 – 

No es la mayor incoherencia pero sí una de las más llamativas: España combina, al mismo tiempo, el ser el país europeo más descentralizado y, al mismo tiempo, más centralista. La distribución de competencias entre la administración central y autonómica, otorga a ésta segunda (al margen del sistema Foral) un papel muy destacado tanto en la prestación de servicios a los ciudadanos como en la regulación de la economía. Los servicios competencia de las comunidades autónomas son similares, sino superiores, al de algunas sociedades articuladas federalmente.

Pero en un ejercicio portentoso de avance hacia la cuadratura del círculo, España es un Estado fuertemente centralizado en donde Madrid lo es todo. Lo es en las concepciones de la gestión colectiva de las elites políticas, judiciales o administrativas, residentes en la capital, como en las vinculadas a los medios de comunicación, con los de titularidad pública a la cabeza. Y lo es como monopolio a la hora de ubicar la sede de los organismos desde empresas a museos “nacionales”. Un rasgo que ningún gobierno desde 1978 se ha planteado matizar. Todo un contrapunto respecto a la UE que, al menos, sí ha procedido, como muestra el mapa, a distribuir sus agencias en el territorio de sus miembros.

La queja, el pasado agosto, de la diputada del PSPV Mercedes Caballero sobre la sistemática identificación entre la Comunidad Valenciana y el Levante español o la confusión habitual a la hora de nombrar sus ciudades, comarcas y eventos en los medios de comunicación “nacionales” no es una anécdota. Representa la punta de un gigantesco iceberg de madrileñismo político, ese ya mencionado por Ortega y Gasset hace más de un siglo, el cual, todavía hoy, y a pesar de muchos madrileños, arrasa de Doñana a Donostia y de Els Ports a la Costa da Morte.

Una concepción centralista de España cuyo mejor exponente cotidiano es la información deportiva y meteorológica. En la primera, al Real Madrid nunca le gana nadie. Si gana un partido, gana, y abre informativos y portadas con independencia de la orientación del grupo de comunicación y de su puesto en la clasificación. Pero si gana el contrincante, es el Real Madrid el que pierde; no el rival el que gana. Y, por supuesto, abre también la información deportiva para explicar por qué ha perdido; no por qué ha ganado el rival. En la segunda, existe además del Levante, el Cantábrico, el Norte, el Este, el Oeste, el centro peninsular etc. y Madrid. ¡Madrid es Madrid!

Pero este centralismo no es el único. La organización administrativa de la Generalitat Valenciana no está menos concentrada en València que la central del Estado en Madrid. En el cap i casal se ubican la práctica totalidad de los órganos de la administración autonómica a modo de una reproducción autóctona del centralismo de Madrid. Ello tiene su traslación literal sobre cuánto sucede en la esfera pública. Ya se vio, hasta la náusea, por mencionar sólo un caso, cuando las Fallas se incorporaron a la extensa lista de patrimonios inmateriales de la UNESCO. Las declaraciones de algunos políticos autonómicos, al margen de los municipales,  hacían pensar que, en el mejor de los casos, ignoraban que ya había otros seis –uno de ellos compartido- entre nosotros. En el peor, que los despreciaban.

El último ejemplo ha sido la artificial solución dada a la sede de la Agencia Valenciana de la Innovación (AVI).  El president Puig se comprometió reiteradamente a localizarla en Alicante. O al menos así lo recogieron los medios de comunicación. Pero la sede real –la operativa– se ha quedado  en València. En Alicante queda la sede legal y la promesa de crear en la Ciudad de la Luz un distrito digital. En sus formas, las quejas patronales de Alicante ante esa solución entroncan con el bronco alicantinismo de larga tradición y tan negativas consecuencias. Pero en su fondo, la irritación patronal está cargada de razón: Puig ha incumplido su compromiso. Y, una vez más, en la dirección de siempre: València gana.

La concentración de organismos en ella se defiende por la eficiencia y el ahorro de recursos cuando en gran medida es mera comodidad. En la época de la revolución de las comunicaciones, de la que queda fuera el ferrocarril entre Alicante, Castellón y Valencia, un insulto no inferior al maltrato en la financiación; cuando el trabajo en remoto es no sólo posible sino que empieza a ser habitual y existen sistemas gratuitos de videoconferencia, este argumento es irrisorio. Como lo es, la pretensión de justificarlo por el papel de cap i casal de la ciudad de València en la estela de Barcelona en Cataluña. Ni la historia ni la distribución de la población en el territorio, son similares.

Dejo de lado la historia, tan maltratada por quienes la pretenden amoldar a sus convicciones lo cual nos han conducido a la invisibilidad en la que estamos. Pero la diferente distribución territorial de la población debería llevar también a repensar esa pretensión de València de ser cap i casal al modo de Barcelona. La diversidad de aproximaciones al borroso concepto de área de influencia no impide constatar que no hay comparación posible en el peso de ambas ciudades dentro de sus territorios.  Lo muestra el cuadro siguiente, resumen de un cálculo rápido sobre las cifras disponibles, por otro lado bien conocidas.

Frente al peso demográfico de Barcelona y su área de influencia dentro de Cataluña, la importancia de València, y su hinterland dentro de la Comunidad Valenciana es mucho más modesta. No hay comparación posible en cifras absolutas (cerca de 4 millones frente a 1,5) ni la hay en % sobre la población de cada  comunidad autónoma (más de la mitad frente a menos de un tercio). Una situación que, en ambos territorios, tiene un origen remoto, de siglos.   

Lo anterior tiene implicaciones diversas sobre la viabilidad de una vertebración de los valencianos como pueblo diferenciado tal y como se viene abordando. Y más en un nacionalismo backward looking como el que domina. Pero tiene también otra indiscutible: hay otras áreas en la Comunidad de importancia demográfica, y económica,  cuyo peso dentro de la administración autonómica es nulo. Lo cual en forma alguna se corrige, más bien se alienta, con esa perversión tal usual de distribuir los cargos por cuotas geográficas como si la función del nombrado fuera otra que la defensa de los intereses colectivos.

Entre estas áreas, la más evidente es la del triángulo Elche-Alcoi-Alicante en donde no es seguro que Alcoi o Elche acepten sin discusión la capitalidad de Alicante. Pero también La Plana, y en general las comarcas litorales del norte, cuyo menor peso demográfico, y una opacidad empresarial de siglos pasados, no justifica su irrelevancia. A las puertas de una nueva conmemoración del 9 d’Octubre, y cuando se acaba de anunciar una Ley de capitalidad para València, quizá su centralismo merecería ser repensado. En especial, si se desea plantear nuestro futuro como pueblo y no simplemente rememorar un pasado repleto de derrotas.

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