¿Ante el fin de la globalización?

La estrategia de Donald Trump es difundir la impresión de que la globalización forma parte del pasado. Nada más lejos de la realidad.

17/12/2017 – Valenciaplaza

Ya sucedió a comienzos de siglo y vuelve a ocurrir ahora con más intensidad: se pretende que la globalización ha quedado enterrada. Ayuda a ello las declaraciones sobre economía del actual inquilino de la Casa Blanca superpuestas a sus decisiones geopolíticas. La última de entre éstas, de momento, el reconocimiento de Jerusalén como capital de Israel. La cual se añade al abandono de EEUU de instituciones supranacionales como el Pacto de Naciones Unidas sobre emigración y refugiados o el de Paris sobre el cambio climático.

La insistencia de Donald Trump en que está impulsando una vuelta al proteccionismo económico, el Make America Great Again, parecería confirmar el fin del mercado único global. La realidad, sin embargo, es testaruda hasta en sus detalles.  Hace poco The New York Times, informaba de que la exigencia del  “buy American” no había podido impedir una masiva compra en el extranjero de uniformes para los cuerpos de seguridad, incluidos los de los agentes del servicio secreto del propio presidente. Lo ha imposibilitado el buen uso de los recursos públicos al que está obligada la administración. Para 2018 queda la decisión presidencial sobre la Section 201. De aprobarse cuotas -sobre importaciones de lavadoras domésticas y paneles solares- serían las primeras medidas proteccionistas desde 2001.

El presidente de EEUU no está solo en su estrategia de presentar como parte del pasado el mercado único global. Ni en el terreno político ni en el económico. Tampoco en el académico. Dentro de este último, un ejemplo reciente es Stephen D. King un financiero vinculado a la LSE. El título del libro que acaba de publicar, cuyo inicio es una frívola descripción del declive del califato Omeya cordobés, es taxativo: El entierro del nuevo mundo. Y más contundente todavía su subtítulo: “El fin de la globalización y el retorno de la historia”.

Como es obvio, las fases expansivas de globalización no son irreversibles. El libro mencionado recoge varios ejemplos. Que para reforzar su tesis maneje con frivolidad una variable clave en los procesos históricos como es el tiempo, no los elimina del pasado. Nada queda del esplendor Omeya ni del Imperio Español, aquel en donde no se ponía el sol, cuando la Corona de Castilla era la primera potencia del globo.

Demostrar esta reversibilidad no requiere, sin embargo, retorcer la historia, que no llora ni se queja. Tampoco cuando se transforman varios siglos “en un puñado de años” como hace King. Ni exige remontarse al declive de Califato o a la época de los grandes descubrimientos. El bien estudiado período de entreguerras, (1914-1939) muestra esta reversibilidad. Tras un aumento de la interrelación económica entre los dos lados del Atlántico (y en menor medida con Asia y África a través del colonialismo), el mundo (léase Occidente) entró tras 1914 en una etapa de auge del nacionalismo, inseparable de la gravedad y amplitud de la depresión económica de los años treinta.

Trumpeconomía y globalización

La duda razonable es si las proclamas proteccionistas de Donald Trump son el inicio de una de esas etapas de reversión. Quizá es demasiado pronto para saberlo. Pero la información cuantitativa disponible no lo confirma. El funcionamiento del mercado global prosigue. También lo hizo a finales del siglo XIX a pesar del elevado proteccionismo de EEUU.Un rasgo éste, el de la especificidad de la política comercial del gigante americano -precisamente por ser gigante- poco destacado. Pero, como sucediera con Gran Bretaña en el siglo anterior, EEUU abrazó el librecambio en 1945, cuando se consolidó como primera potencia. Por eso tal vez hoy el adalid de librecambio sea la República Popular China.

Fuera de la menor intensidad en el uso de las “armas financieras de destrucción masiva” en la expresión acuñada por Warren Buffetno existe evidencia cuantitativa sólida para defender una vuelta atrás en la consolidación del Made in the World. A menudo se defiende el fin de la globalización apoyándose en la evolución del comercio mundial. Frente a un ritmo muy elevado de crecimiento hasta 2007, su declive en los últimos años permite todo tipo de valoraciones.  En el gráfico siguiente muestra esta caída, pero también que el valor de los intercambios sigue estando por encima del año de inicio de la crisis.

Ninguna de las posibles razones de la evolución descendente apunta a una modificación del funcionamiento de ese mercado global, núcleo de la globalización. Que se comercie más o menos no altera ni cómo se produce ni con qué se comercia. Y eso no ha cambiado. Una explicación de la caída puede ser el comportamiento de las compras al exterior de China, primer importador mundial. Es lo defendido por el trabajo para el FMI de Shik Kang y Liao. Según el mismo la causa principal de esa evolución es el intenso proceso de reequilibrio desde la inversión al consumo del crecimiento chino (al ser exportaciones de otros países al gigante asiático). A lo cual se suma la progresiva sustitución de importaciones habitual en los procesos de desarrollo económico. Y el de China en los últimos decenios ha sido espectacular.

Otra constatación de la ausencia de confirmación del discurso proteccionista de Donald Trump es la evolución de las propias importaciones de mercancías de EEUU. Aun teniendo en cuenta la expansión del PIB y la depreciación del $, su aumento, representado en el gráfico siguiente, no parece indicar cambio alguno de tendencia desde su toma de posesión. No es descartable que sea porque frente a tantas declaraciones, no hay forma de acabar con el Made in the World sin acabar, al mismo tiempo, con la economía estadounidense.

Sería, pues, un error confundir las declaraciones proteccionistas del presidente de la primera potencia del siglo XX con la realidad. La obsesión por estar presente en prensa siempre juega malas pasadas. Pero no solo a Trump. No hace falta recordar a este respecto las incendiarias líneas de Paul Krugman sobre el irremediable e inmediato fin del euro escritas al calor de la crisis de la deuda de 2012.

En relación con la globalización, durante los primeros años del siglo, varios autores, entre ellos Niall Ferguson, defendieron también su final. En su artículo de Foreign Affairsel catedrático en Harvard trazaba los, para él, más que evidentes paralelismos entre la situación de entonces y la que se inició en 1914.  Ha pasado más de una década y lo único vigente de su argumentación es considerar su texto una llamada a la prudencia en la pretensión de algunos por  predecir el futuro. Sin embargo, pretenderlo siendo un gestor público es mucho peor. Porque no es solo el ridículo personal lo que está en juego, sino el bienestar de toda una sociedad. Y no sólo cuando se es el presidente de Estados Unidos. También cuando se pretende determinar qué sectores tienen futuro discriminándolos positivamente frente al resto. Un comportamiento que pervive entre nosotros.

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Ford lo pone negro sobre blanco

Poco ha durado la alegría provocada por el anuncio de la fabricación del Kuga en Almussafes. Desde ese momento, la empresa no ha dejado de dosificar comunicados acerca de la necesidad de nuevos ajustes laborales para mantener la planta con su estructura actual.

3/12/2017 – valenciaplaza

Jordi Palafox

“Nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio” cantaba hace ya muchos años Joan Manuel Serrat. Aunque sea en un terreno muy diferente, lo demuestran los sucesivos comunicados de la multinacional Ford en días pasados. Aunque se pretenda ignorar practicando la estrategia del avestruz, esa que pagarán muy cara los valencianos más jóvenes, el mercado global sigue avanzando. Ello obliga a las empresas a adaptarse al mismo para sobrevivir; a fabricar productos tan competitivos como sus rivales. El sector del automóvil, asimilado a la Marca España aun sin ser española ninguna empresa fabricante presente en el país,  constituye un exponente de la nueva forma de producir derivada de la Globalización.

Las Cadenas de Valor Globales…

El automóvil es un sector plenamente integrado en las Cadenas de Valor Globales (CVG) dominantes hoy como destaca la OMC. Al margen de sus múltiples definiciones, un rasgo de éstas es que los bienes dejan de estar fabricados en un solo país y pasan a ser el resultado del ensamblaje de componentes procedentes de una multiplicidad de economías, en muchas ocasiones muy alejadas entre sí. La trascendencia histórica del comercio intraindustrial demuestra que, en parte, ya era así en el pasado. Pero desde el auge de la globalización a finales del siglo XX, que ha convertido en irreversible el ocaso industrial en los países avanzados, su trascendencia –compleja de cuantificar-  es mucho mayor.

Las CVG de Apple están entre las mejor conocidas gracias al trabajo de Kraemer, Linden y DedrickPero todas ellas son similares en lo esencial: incorporar componentes de menor precio a igual calidad de cualquier país del mundo para ensamblarlos en uno de ellos, de forma creciente, de bajos costes salariales. Si la tecnología utilizada está ya en lo que los economistas denominamos la frontera de posibilidades de producción (la más avanzada) el aumento de la competitividad no puede provenir de su utilización.

Las multinacionales que las lideran exigen, en mayor o menor grado, marca blanca a sus proveedores. Así controlan la CVG y se apropian de la mayor parte del valor añadido. Apple en concreto, no permite a los fabricantes identificar sus componentes. Pero gracias a sociedades como iSuppli dedicadas a determinar su origen, sabemos que los cientos presentes en los iPhone y iPad proceden de, al menos, once países diferentes. La actuación de Ford (entre sus plantas y con sus proveedores) no es muy distinta. Es similar a gran parte de las multinacionales. A pesar de la sofisticación tecnológica utilizada por algunas de ellas, las innovaciones han permitido descomponer trabajos complejos en una multiplicidad de tareas simples (o automatizadas).

Los trabajos dirigidos por Marcel P. Timmer director of The Groningen Growth and Development Centre (GGDC), constatan la amplitud alcanzado por las CVG. El gráfico incluido a continuación permite mostrar la variación del % de Valor Añadido Extranjero (VAE) –el peso de los componentes importados-incorporado en 560 de ellas (cuanto más próximo esté a 1, mayor es éste). La fuerte presencia de rombos verdes próximos al máximo en ambos años se explica porque corresponden a derivados del petróleo, cuya materia prima es necesariamente importada en gran parte de los países avanzados.

Como se observa en la mayor parte de casos, el valor en el año final es superior al del inicial; el VAE ha aumentado. El progreso del “Made in the World” ha ido sustituyendo al, por ejemplo, el, “Fabricado en España” por el “Ensamblado en España”. Y todo indica que lo ha seguido haciendo en los años más reciente a los del gráfico. La globalización sigue gozando de buena salud.

…y la economía valenciana.

Esta nueva organización de la producción, supone un aumento de la competencia y un mercado laboral único global. Los trabajadores del Este de Europa o del Pacífico asiático son competidores directos de los de la Comunidad Valenciana si producen los mismos bienes. Y las plantas allí instaladas competidoras de las localizadas aquí. Ello con independencia de que no sean ni España, ni la Comunitat el destino directo de las exportaciones. Productos importados desde terceros pueden tener una elevada proporción de componentes procedentes de estos competidores.

Aunque Ford no sea todo el sector, un tosco cálculo permite esbozar el peso de su CVG. Como es sabido, sus exportaciones representan en torno a la cuarta parte del total de las valencianas. Son un pilar básico de un contexto nada brillante, alejado de la competitividad internacional de mediados del siglo XX. Tras la crisis, como constatan Gil Pareja y Llorca Vivero“las exportaciones valencianas se han recuperado gracias a una única actividad productiva: la automoción” (p. 116).

Pero a la hora de destacar su integración en el comercio mundial, se recalca menos la trascendencia de las importaciones de componentes. Sin embargo, suponen en torno a la mitad de aquellas. Por tanto, sin entrar en matices dado lo burdo del cálculo: Ford exporta vehículos, muchos, pero en torno a la mitad de su valor son componentes importados. Sin esa estrategia, la empresa habría dejado de ser competitiva.

¿Se ha adaptado el resto de la economía valenciana al nuevo contexto global? El mal comportamiento de su comercio exterior refleja que de manera insuficiente; sin buscar un nicho propio en aquellas actividades más difíciles de replicar en países de menor salario. La presencia de empresas valencianas en la cúpula de las CVG, más allá de Ford, Mercadona y algún comercializador de cítricos, es nula y en su seno la economía del conocimiento, tan alabada con todo motivo por la OCDE como fuente del crecimiento y el bienestar, está lejos de ser relevante. Tanto en la manufactura, en declive irreversible, como en los servicios a las empresas. A pesar de ello, turismo e infraestructuras concentran toda la atención pública.

Lo sucedido con Ford es una llamada de atención. Pero no debiera ser una sorpresa ante el avance de la desindustrialización. No es casualidad que las tres plantas abiertas en Europa por la multinacional desde 2000 (con cuatro de cada diez de su empleo en el continente) se localicen en Rusia, Turquía y Rumania, países de bajos salarios.Tampoco que tras 90 años de presencia dejara Australia en octubre de 2016. Con una misma tecnología de producción, los costes salariales –al margen de las ayudas públicas tan cuantiosas como inútiles en el largo plazo como muestran los casos de EEUU y Australia- se imponen como variable decisiva. En caso contrario, la empresa es barrida del mercado.

El problema no es Ford. El problema es la consecuencia de esa estrategia del avestruz seguida por las elites de la sociedad valenciana apoyada, cuando no impulsada, de manera incondicional por la administración autonómica hasta mayo de 2015. El interrogante hoy es si, desde entonces, tanta escaramuza gallinácea para encubrir vanidades no está defraudando la esperanza de que aquel apoyo público suicida quedara arrinconado para siempre.

El declive de la Comunidad Valenciana

Desde hace décadas la economía valenciana, y con ella el bienestar de sus habitantes, se está alejando de las más avanzadas dentro de Europa. Se viene distanciando incluso de las más competitivas de España

19/11/2017 – valenciaplaza.com

Como ocurre con demasiada frecuencia, y no sólo en la esfera política, la atención única a los árboles oculta el bosque. En una sociedad dominada por lo más inmediato, la atención cotidiana a los aspectos coyunturales de la economía, cuando no a las modas como en la que han convertido a las startups, conducen a dejar de lado la observación del medio y largo plazo. Los fuegos de artificio, en forma de esa fantasía de pretender convertir cualquier evento en la “capital mundial” de lo que sea —una lograda emulación de Rita Barberá tapan la realidad. La evidencia estadística, sin embargo, es concluyente: la economía valenciana se encuentra desde hace decenios en un proceso de declive con efectos negativos en el bienestar de sus habitantes.

La reciente publicación por el INE del Decil de salarios del empleo principal ha vuelto a poner de manifiesto su aspecto más conocido. El salario medio de los valencianos se encuentra entre los más bajos de las 17 autonomías. Hoy, como muestra el gráfico siguiente, está a un 8% de la media y a más de un 20% de las de cabeza. Y España, como se refleja en Eurostat no destaca, más bien al contrario, por su nivel salarial dentro de la Europa avanzada.

No es una sorpresa. Al contrario: forma parte de una realidad bien conocida desde hace muchos años. A finales del siglo XX, José Antonio Martínez Serrano, uno de los más destacados expertos en economía valenciana, ya advertía en la prensa de los resultados de su investigación académica: debido en gran medida tanto a sus empresarios como a sus políticos, la Comunitat estaba lejos de ser lo próspera que se pretendía. ¿La causa? La siempre presente en el análisis económico: su baja productividad. Una realidad que continúa hoy como destacan Gil Pareja, Llorca-Vivero y Picazo-Tadeo e, indirectamente, los dos primeros al abordar la negativa evolución del sector exportador.

En aquel texto, Martínez Serrano llamaba la atención acerca de la necesidad de poner en práctica medidas para conseguir avanzar “a un mayor ritmo por la senda del progreso y la modernización”. Nada se hizo. Por el contrario, unos y otros se dedicaron a promover la especulación urbanística favorecidos por un legislación que, en lo fundamental, sigue vigente hoy. Mientras la globalización avanzaba, aquí perseguían un nuevo El Dorado; eso sí, a base de ladrillo en lugar de polvo de oro.

El eufemismo de la especialización productiva

El resultado es ese eufemismo denominado especialización productiva o modelo productivo valenciano. Esto es, la preponderancia de sectores dominados por microempresas, la mayoría de modesta productividad y con baja cualificación de sus empleados. De esta forma, de modo sostenido desde hace casi cuatro décadas, la Comunidad Valenciana viene separándose de la España rica. O lo que es lo mismo, viene aproximándose sin pausa a la España pobre, la de menor renta por habitante. Es lo que ocurre dentro de ella, porque desde la explosión de la crisis, España en su conjunto ha venido divergiendo de la Europa avanzada.

El gráfico siguiente, procedente de la investigación de Tirado, Diez Minguela y Martínez Galarraga, pone de relieve este hecho, poco divulgado, menos debatido y rechazado colectivamente en uno de esos procesos de negación colectiva de la realidad analizados por el profesor de Princeton Roland Bénabou. Tras una evolución favorable, aunque no sin altibajos, desde mediados del XIX, a partir de 1980 la situación ha empeorado drásticamente. Las deficiencias del PIB por habitante para medir el bienestar no pueden servir de excusa.

En términos relativos tanto respecto a España, como de sus áreas ricas (Madrid, Cataluña y el País Vasco) o Madrid, el PIB por habitante valenciano ha experimentado un deterioro notable. De forma muy especial, respecto a Madrid gran beneficiada de la recentralización que está teniendo lugar. En 1980 la diferencia con ella era de 21 puntos porcentuales. Hoy, 36 años después, de más del doble. Por tanto, estamos cerca de que el PIB por habitante de los valencianos sea la mitad del de los madrileños.

El modelo productivo no es fruto de la casualidad 

Lo que quizá viene siendo menos subrayado es que esa especialización no es una casualidad. Entre sus vectores determinantes, también están las políticas públicas seguidas. Pero en un doble sentido nunca destacado. Por un lado, por plegarse a los intereses de los grupos de interés vinculados a los sectores que sí se benefician de esa estructura productiva. En el mundo económico que se nos describe a diario se da por supuesto un mercado competitivo sin barreras de entrada ni grupos de intereses. Pero ese mundo no existe. La evolución de estos decenios no es ajena a la capacidad de influencia de los lobbies para conseguir que las directrices de las políticas públicas se hayan amoldado a sus intereses. Lo argumenta con rotundidad Joseph Stiglitz para Estados Unidos, pero es igualmente válido para la economía valenciana (o española) aunque aquí los sectores avanzados tecnológicamente sean escasos y el poder de mercado se consiga en gran medida a través del capitalismo clientelar que nos domina.

Porque, de otro lado, la valoración de las políticas públicas es inseparable de su incapacidad hasta hoy para conformar un sistema de incentivos, normativos mucho más que presupuestarios, que oriente la inversión hacia actividades capaces de generar tanto mayor aumento de la productividad como de bienestar colectivo. El tamaño de la empresa es importante. Pero también lo es en qué sectores se localizan, explicar por qué y a qué obstáculos institucionales hacen frente para desarrollarse las de los sectores de mayor productividad.

Superar el maltrato en financiación autonómica de los valencianos no va a resolver este problema. Estamos, también entre nosotros, ante la urgencia de reescribir las reglas del funcionamiento de las relaciones entre los grupos de intereses y el poder político sobre el que reflexiona Stiglitz. Para ello, si se trata de modificar el declive y no de consolidar a la Generalitat como un ente asistencial, será imprescindible alejarse tanto de la pleitesía heredada de los Consells del PP como de los sueños autárquicos que, aún con otra denominación, vienen germinando en despachos clave de la actual Generalitat Valenciana.

La economía del bien común trata de lo que escribe el Nobel de Economía Jean Tirole en su reciente libro, no de lo que difunden quienes pretenden operar en un mundo que, o no existe, o tiene un peso irrelevante. Lo que está en juego en esa reformulación de las reglas es enderezar la tendencia decreciente del bienestar de los valencianos cuya amplitud nunca podrá ser contrapesada desde la Conselleria de Igualdad y Política Inclusiva por muchos recursos presupuestarios que consiga Mónica Oltra. O lo que es lo mismo, en ello nos va evitar lo que hoy parece inexorable: acabar en pocos años formando parte de la España pobre, y por tanto, de la Europa marginal.

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