Mentir con estadísticas. La saga continúa

La manipulación de las estadísticas para dar apariencia de rigor a la defensa de intereses es antigua. Hoy, entre nosotros, alcanza cotas esperpénticas

Valenciaplaza. com 10/09/2017 – 

La utilización tramposa de las estadísticas es tan antigua como las mismas cifras. El propósito nunca ha variado: provocar una percepción sesgada o errónea de la realidad. Hace ya muchos años, Darrel Huff recopiló la variedad de falacias que dominaban las informaciones vinculadas a ellas. Según parece, el texto –cuyo título inspira estas líneas- sin duda por su sencillez, es el libro sobre estadística más leído en Estados Unidos. En todo caso, sigue siendo fundamental para no ser manipulado por la aparente objetividad de los números.

Es dudoso, sin embargo, que su difusión entre nosotros haya sido destacada. De otra forma, habría que concluir que el auge de declaraciones y/o informaciones de prensa con cifras manipuladas, se asienta en la convicción de que los ciudadanos somos unos ignorantes. Un problema que se amplifica cuando los responsables públicos hacen suyas esas falacias y orientan su gestión a partir de ellas. 

En España, el ejemplo más claro ha venido siendo la evolución de los salarios. Tras tanto insistir en que se había superado la crisis en base a la recuperación del PIB, ahora hasta el ministro de economía de Guindos ha tenido que poner freno a tanto optimismo, apuntando que “faltan millón y medio de empleos para salir de la crisis”. Quizá porque esa euforia ha puesto en pie de guerra a un buen número de trabajadores quienes constatan que sus salarios, cuya reducción ha sido manipulada en estos años pasados ignorando el efecto composición, no muestran recuperación alguna.

Efecto composición y la reducción de los salarios

Explicar -sin matices- qué es ese efecto composición puede servir para ilustrar cómo a pesar de su apariencia de exactitud algunas medidas estadísticas no son válidas para diagnosticar una situación. Es sabido que sin tener en cuenta su distribución, el salario medio tiene escasa relevancia. Pero quizá lo es menos que sus variaciones están afectadas por quienes forman los asalariados. En España, la destrucción de empleo se ha concentrado en los peor retribuidos. Si su peso dentro del total se reduce, se amortigua la caída real porque esos trabajadores, ahora sin empleo y por tanto sin salario, ya no entran dentro del cálculo.

Un ejemplo lo aclara mejor. Si en una empresa de diez trabajadores, hay cinco con un salario de 3.000 € y cinco temporales con una retribución de 1.000, el salario medio sería de 2.000 € ((5×3.000 + 5×1.000)/10). Si despide a los cinco temporales mientras a los otros cinco les reduce el salario un 50% (de 3.000€ a 2.000€) el salario medio no varía ((5×2.000)/5). Según la media, por tanto, no existe reducción salarial. Algo, mucho, de esto es lo que ha venido sucediendo en España desde 2009.

No es la única forma de retorcer la estadística. La agria controversia sobre la turismofobia, cerrada en falso tras el 17-A, suministra abundantes ejemplos. De ellos aquí se mencionan solo dos: la valoración de la temporada turística en Benidorm, prototipo de ese motor gripado que es, desde hace años, el turismo valenciano de sol y playa de menguante atractivo entre los españoles y, por otro lado, la supuesta motivación cultural del turismo en la ciudad de València deducido de los resultados de la Encuesta a turistas alojados en apartamentos realizada por la concejalía municipal gestionada por Sandra Gómez.

Porcentajes y cifras absolutas

En el primero de los casos, sorprende la aceptación acrítica de la aproximación realizada por la patronal HOSBEC, uno de los pocos grupos de presión, de los tantos apostados en el perímetro de la Generalitat, inscritos en el registro de la CNMC. Como patronal, su preocupación por la tasa de ocupación y, por tanto, la competencia entra dentro de la lógica. De ahí su campaña simultánea contra los apartamentos turísticos en una adaptación valenciana de la constatación de Mencken de que “para todo problema hay siempre una solución inmediata, sencilla y creíble pero falsa”: ha conseguido hacerlos aparecer como los culpables de todos los males.

Pero la tasa de ocupación es una medida relativa y por tanto inadecuada para evaluar la temporada turística (excepto para la cuenta de resultados). Un porcentaje inferior de ocupación puede representar un número de pernoctaciones superior. El 80% de 10.000 plazas son muchas más que el 100% % de 5.000. Y del aumento de las ofertadas, (unas 4.000 en Benidorm desde 2007 según el INE; en torno al 10% de las entonces existentes) no se dice una palabra. Tampoco de que, en cifras absolutas, el número de pernoctaciones hoteleras en Benidorm (calculado con las cifras de plazas del INE y la de ocupación de HOSBEC para la primera quincena de agosto) es superior desde 2013 a la del quinquenio anterior.

Selección interesada de la información

Y un último ejemplo de maltrato estadístico podría ser el tratamiento de encuestas como la mencionada, todo un modelo de qué no es la transparencia: se publican “cocinados” una mínima parte de los resultados (5 y 3 páginas, 2 repetidas, de un documento que, por su paginación, supera las 91) sin aportar datos clave para evaluar su rigor.

Entre éstos no he sabido encontrar la ficha técnica ni el cuestionario y sorprende la distribución por barrios de los encuestados. Pero para hacerse una idea de su rigor basta resumir cómo se deduce que el 95% de los visitantes (alojados en apartamentos turísticos) lo hacen por “motivación cultural” y qué representa en la realidad.

El gráfico anterior induce a pensar que ese 95% tan publicitado procede de una pregunta cerrada sin opciones sobre actividades ligadas al ocio –y ruido- nocturno ni concretar los monumentos o museos, cuando, además, no es lo mismo hacerse un selfi frente a ellos, que visitarlos. Pero hay más: si ese 95% –convertido en un 93% en el comunicado de EFE– lo es sobre el 17% de los turistas de la ciudad, (los alojados en apartamentos turísticos), la motivación cultural del turismo en Valencia quedaría en el 16 % del total. Un cálculo 50% inferior a la proporción de visitas en 2016 al más frecuentado de los monumentos de la ciudad, La Lonja, (503.274), sobre el total de turistas estimado por la Fundación Turismo Valencia. Todo lo cual pone en cuestión la solidez de un trabajo que debiera haber sido pieza fundamental en el diseño del futuro turístico de la ciudad compatible con la mejora de la calidad de vida de sus ciudadanos. Y, sobre todo, lleva a preguntarse si la forma de trabajar de la teniente de alcalde del Ayuntamiento de València, y su equipo, no está dominada por los abusos que constataba Huff.

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Presentación debate Cuatro vientos en contra 4/10/2017

Amb la participació de:Antonio Ariño, vicerector de cultura i Igualtat de la Universitat de València;

Matilde Mas, catedràtica d’Análisi Econòmic, Universitat de València i directora de projectes internacionals de l’IVIE;

Jordi Palafox, catedràtic jubilat d’Història i Institucions Econòmiques, Universitat de València i autor de llibre;

Carlos Sebastián, catedràtic d’Economia.

www.escoladepensamentlluisvives.com/programa/2017/10/jordi-palafox 

The Global Traveler: the Growth of Airbnb in France

Cent mille annonces pour 328 000 places d’hébergement dans les dix principales villes françaises recensées fin juin. En quelques années d’implantation, Airbnb a réussi à surclasser l’offre hôtelière et ses 260 000 places d’hébergement mesurées par l’Insee.
Dans huit annonces sur dix, Airbnb propose la location d’un « logement entier » pouvant en moyenne héberger trois personnes. En juin, le site mettait ainsi sur le marché de la location de courte durée 2,7 % du parc immobilier total de Paris, Marseille, Lyon, Nice, Montpellier, Strasbourg, Nantes, Toulouse, Bordeaux et Lille.

En savoir plus sur http://www.lemonde.fr/les-decodeurs/article/2017/08/04/paris-et-les-hypercentres-des-grandes-villes-le-business-lucratif-d-airbnb-en-france_5168623_4355770.html#9vKSuuEeEfq170dI.99

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La defensa del rigor en economía: las limitaciones de los libros de combate por Jordi Palafox

Pierre Cahuc y André Zylberberg
Le négationnisme économique et comment s’en débarrasser
París, Flammarion, 2016, 241 pp. 18 €

Revista de libros julio 2017

Para los autores de este libro, la Economía es una ciencia experimental. Por tanto, su análisis debe abordarse como en Física, Biología, Medicina o Climatología: desde la contrastación. Esta es la principal reivindicación del texto, reiterada una y otra vez. La insistencia deriva de que, en su opinión, la negativa a reconocerlo, resultado de la ignorancia, la ideología, la fe o los intereses de los grupos de presión, provoca, además de percepciones erróneas, consecuencias desastrosas. El negacionismo económico, como, con el evidente fin de atraer la atención sobre sus tesis, denominan Pierre Cahuc y André Zylberberg esta situación, sería el equivalente a la negativa a aceptar hechos y conocimientos históricos probados, como el genocidio judío durante la Segunda Guerra Mundial o el armenio entre 1914 y 1918.

Como acaba de indicarse, la difusión alcanzada por esas ideas erróneas no sólo conduce a percepciones erróneas por parte de los ciudadanos. Para Cahuc y Zylbelberg, economistas especializados en microeconomía y, de forma específica, en mercado de trabajo, la influencia en las políticas públicas de quienes no son economistas experimentales −leáse aquellos que publican en revistas de reconocido prestigio en el mundo académico− tiene graves consecuencias: «A nivel mundial, las políticas [económicas] basadas en ideas falsas se traducen en millones de parados, otros tantos de muertos, y el empobrecimiento de cientos de millones de personas» (p.12).

La obra, escrita con un evidente afán divulgador, se divide en siete capítulos más una provocadora introducción −en la que más de un lector pensará que se entra en el terreno de la exageración− y un breve epílogo. Tras la insistente reivindicación del carácter de ciencia experimental de la Economía en el primero, en los siguientes, y antes de resumir sus soluciones en el último de ellos, recogen los autores numerosos ejemplos para mostrar cómo el tipo de argumentación realizada sobre muchas cuestiones económicas no queda confirmada cuando, bien en Francia, bien en otras economías, ha sido sometida a contrastación.
Así, por ejemplo, en el segundo capítulo critican la inconsistencia de la lucha contra la pérdida de peso del sector industrial en el PIB de las economías avanzadas realizada por los grupos de presión industriales con la intención de justificar ayudas y subvenciones públicas. En el tercero se abordan las críticas al sistema financiero, convertido sin justificación razonada en el enemigo del crecimiento y el bienestar, y, en el cuarto, las implicaciones de tipos marginales fiscales elevados según los niveles de ingresos de las personas físicas. Tras lo cual, abordan en el siguiente los efectos de planes de gasto público muy heterogéneos (como ayudas del Gobierno federal a los condados estatales en Estados Unidos o las ayudas regionales en la Unión Europea), que equiparan al keynesianismo.

Sin duda, el más robusto es el sexto, dedicado a combatir la percepción social en dos temas controvertidos en Francia: los efectos negativos de la inmigración sobre el empleo y las consecuencias positivas sobre el mismo de la reducción de la jornada de trabajo. La contundencia del capítulo es resultado de varios factores. Por un lado, la especialización de los dos autores, cuyos trabajos de investigación se han centrado en temas que lindan con ambas cuestiones. Pero también interviene la abundancia de trabajos de investigación en donde, en situaciones diversas, se han contrastado las relaciones entre estas variables, contando con un grupo de control, un elemento esencial, según Cahuc y Zylberberg, del status de ciencia experimental de la economía.

Contra las simplificaciones

El texto se lee con facilidad y está repleto de referencias a investigaciones útiles para refutar convicciones intuitivamente atractivas, pero erróneas, compartidas por parte de la población y de las fuerzas políticas (no sólo francesas). Y en él se recuerdan también algunas de las mayores aberraciones históricas provocadas por el desprecio a los resultados de la experimentación, desde la genética proletaria de Trofim Lysenko a la manipulación de las tabaqueras estadounidenses sobre los efectos del tabaco en la salud. Aspectos sin duda interesantes, pero sin relación directa, de momento al menos, con fenómenos de similar calado en la economía actual.

Ahora bien, el principal objetivo del libro es combatir la aproximación a los temas económicos partiendo de la ideología, en tanto que creencia irracional, o de la confrontación política. Y, como contrapartida, reivindicar el rigor a la hora de afrontar cuestiones clave de la gestión pública en este terreno. Cahuc y Zylbelberg polemizan contra la influencia de un tipo de intelectual muy frecuente en el Hexágono, de formación heterogénea pero mayoritariamente de adscripción marxista. Este tipo de pensador se caracteriza por su capacidad para elaborar grandes análisis de la realidad, o de solución de sus problemas, carentes de cualquier tipo de contrastación.

Se trata de un fenómeno específicamente francés, aun cuando, desde el inicio de la Gran Recesión en 2008, hayan prosperado exponencialmente, aquí y allá, figuras que también pretenden, sin base factual que los apoye, haber descubierto la solución para casi todos los problemas económicos de trascendencia social. El libro, y sobre todo la forma en que los autores exponen sus tesis, debe ser considerado principalmente una réplica al intento de los autodenominados economistas heterodoxos, para quienes las críticas de los «economistas científicos» a las rigideces de la economía francesa constituyen, en última instancia, un pretexto encubierto para liberalizarla y privatizarla. Se trata de un numeroso grupo organizado en la AFEP (Association française d’économie politique), con una notable presencia en los medios de comunicación, que ha publicados dos manifiestos en 2010 y 2015 (Manifeste d’économistes atterrés), que tuvieron un impacto apreciable. El más reciente de ellos contiene, junto al diagnóstico de la situación, diez propuestas de solución a los problemas de la economía, entre ellas «limitar las transacciones financieras a las necesidades de la economía real» (tercera propuesta) o «desarrollar una política crediticia pública con tipos preferenciales para las actividades prioritarias desde el punto de vista social y medioambiental» (séptima propuesta).

Como se ha mencionado, este grupo ejerce una influencia notable en el país vecino. Lo demuestra el hecho de que en 2015 estuviera a punto de conseguir una sección específica de «Economía y Sociedad» en el seno del CNU (Conseil Nationale d’Universités) con el argumento de que era necesario garantizar la pluralidad de pensamiento frente al monopolio de «la economía ortodoxa». Para comprender la trascendencia de este hecho, cabe apuntar que sería un poco como si, en el caso de España, se creara un área de conocimiento específica en la investigación, docencia y promoción universitaria del pensamiento económico separada de la de economía. El intento no quedó enterrado hasta que Jean Tirole, premio Nobel de Economía en 2014, hizo pública una dura carta exigiendo rigor, lo cual provocó una más que notable controversia y una airada respuesta firmada por parte de los afectados. Es contra este grupo, en última instancia, contra quien va dirigido el alegato de Cahuc y Zylbelberg: contra los planteamientos de los firmantes del manifiesto À quoi servent les économistes s’ils disent tous la même chose?, también del año 2015.

Frente a ellos, su alternativa no deja de ser radical: otorgar en los debates sobre economía un papel exclusivo a los economistas científicos, esto es, a quienes publican en revistas reconocidas en los rankings internacionales. Lo cual les lleva a adoptar una posición extrema que, dada la ausencia de consenso en muchos temas y las controversias existentes dentro de la comunidad académica a que pertenecen (los diferentes contrastes no siempre ofrecen resultados iguales), debilita la argumentación. Su reivindicación se explicita con rotundidad en el capítulo séptimo, en el cual desgranan las medidas para eliminar las pésimas consecuencias de la influencia social de la pseudociencia; esos planteamientos y propuestas difundidas por quienes carecen del estatus de economista científico, incluidos grandes empresarios, filósofos o científicos que, siendo prestigiosos en su campo, no son economistas profesionales. Sería el caso del geoquímico – y también político− Claude Allègre.

Las propuestas defendidas son contundentes: los medios de comunicación deben abstenerse de acudir siempre a los mismos intervinientes, en especial si no tienen demostrada ninguna actividad de investigación publicada en las revistas especializadas de mayor prestigio (p. 210). Por el contrario, deben seleccionar a quienes figuran en IDEAS [un repertorio de publicaciones de economía en revistas académicas de prestigio reconocido, sustentada por el Banco de Reserva Federal de St. Louis]. Y no sólo: los medios de comunicación, a la hora de abordar un tema, deberían descartar a todos aquellos sin ninguna publicación sobre el mismo recogida en el repertorio que acaba de mencionarse en los cinco años inmediatamente anteriores. Y, además, «los periodistas deberían también solicitar sistemáticamente las referencias de los artículos en los cuales los investigadores se apoyan y reclamar que sean puestos a disposición de los lectores, oyentes o telespectadores vía Internet» (p. 210). No es poco cuando ellos mismos no cuentan con publicaciones en IDEAS sobre la mayoría de los aspectos que tratan en el libro.

no hay atajos

Aun escrito con apresuramiento, el texto contiene cosas positivas, que hay que valorar teniendo en cuenta la violencia del debate que se ha producido en Francia. Pero el libro acusa también visibles incoherencias, cuando no contradicciones. Que los mismos autores incumplan sus exigencias es una entre otras, y no la más destacable.

Los ejemplos que podrían mencionarse son demasiado numerosos para siquiera enumerarlos. Pero cabe mencionar algunos como soporte de esta apreciación. En general, sorprende su restringida definición de la ciencia económica. No es necesario ser un experto en historia de la economía para saber que esta no admite simplificaciones. Por ello resulta, como poco, arriesgado identificarla, sin más, con el uso del método científico. Y más entendiendo por éste exclusivamente el que compara los resultados de la contrastación entre dos grupos: el estudiado y el de control (p.14). En su acepción más frecuente, el método científico suele asociarse a una forma de investigar basada en la observación sistemática, medición y experimentación para formular, contrastar y modificar hipótesis, exista o no el grupo de control reivindicado aquí como condición necesaria. Y ni siquiera, a no ser que pretenda excluirse de la ciencia todas las aportaciones teóricas, como, por no mencionar las de la economía, los bosones de Higgs formulados en 1964, pero no verificados hasta 2013.

Pero, además, la sorpresa por el desarrollo de la argumentación aumenta cuando, tras ello, se incluyen, una tras otra, referencias a investigaciones en las que ese grupo de control, en el sentido exigido por los autores, no existe, o cuando se generaliza la validez de los resultados a partir de estudios puntuales de discutible validez general. Es el caso, en relación con lo primero, del efecto de las variaciones en la fiscalidad en Estados Unidos sobre el PIB (p. 114), o del impacto sobre éste de las ayudas del Fondo Europeo de Desarrollo Regional (p. 143). Y es muestra de lo segundo el efecto de fiscalidad en la movilidad de los jugadores de fútbol como exponentes de receptores de rentas altas (p.115), o la decisión de medir la eficiencia de un impuesto sobre las transacciones financieras a partir de un estudio sobre la Bolsa de Hong Kong (p. 98).

Nada de lo que se ha objetado resta méritos a la exigencia de mayor solidez en los planteamientos para afrontar la lucha contra el desempleo, la política industrial, el impacto del déficit o la viabilidad de las políticas sociales, por mencionar cuatro campos de confrontación política en Francia. Pero no deja de ser reseñable que, en un combate contra las simplificaciones y las conclusiones obtenidas desde el desprecio a los resultados de la investigación, se caiga tan a menudo en inconsistencias de carácter similar, aunque de signo diferente, a aquellas que se pretende combatir.

Jordi Palafox es catedrático jubilado de Historia e Instituciones Económicas. Su último libro es Cuatro vientos en contra. El porvenir económico de España, Barcelona, Pasado y Presente, 2017.

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